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miércoles, 29 de enero de 2014

MOCHILA



Llevo caminando alrededor de una hora y media por la playa, cargado con la mochila y bajo el despiadado sol del Pacífico mexicano. El final de la playa ya no se ve tan lejos y todavía no he encontrado donde quedarme. Las fuerzas empiezan a fallarme y pienso que, tal vez, deba desandar todo el camino hasta la ciudad. De debajo de una gran palapa escucho, claro y en un evidente espanglish:

-"Camping, my friend? Camping!"


Esas palabras son como el maná en el desierto. Me acerco a la destartalada propiedad. Todo, excepto la enorme y hermosa palapa de nueva construcción, está bastante destrozado. Ni siquiera hay una verja que delimite dónde terminan los dominios del oso. A recibirme sale un tipo bajito, sonriente, con barba de un par de días y extremadamente moreno. No lleva camiseta y de su cuello cuelga un cordón con una moneda de 5 duros atada con despiste, o eso me parece. Rápidamente advierto por su acento que es chileno y le dejo mostrarme el lugar. En pocos minutos he armado mi tienda y he encontrado el lugar que, hasta el día de hoy, será mi lugar favorito en el mundo.


Esto ocurrió hace alrededor de un año y medio, en la costa sur oeste de méxico, Oaxaca, Puerto Escondido, La punta. Así fue como conocí a mi amigo Pablo -también Pablito, Juan Pablo o Jota Pe- y a otras muchas buenas gentes a las que, por desgracia, todavía no he vuelto a ver desde entonces -excepto a la buena de Lucía-. Pero a las que, por suerte, algún día volveré a encontrarme.


Pues bien, supe que Pablo regresó a Chile, después de su largo viaje por gran parte del norte de Latinoamérica. Y allí se mantuvo un tiempo, entre Putaendo y las nevadas montañas de Portillo, en la frontera con Argentina. Hasta que un día decidió volver a tomar la mochila y embarcarse en un nuevo viaje, posiblemente el que más le fuera a enseñar de su vida. Se propuso un viaje de ida y vuelta, a dedo y sin dinero, desde su ciudad natal hasta Brazil. Y durante ese camino llevó una pequeña camarita con la que fue filmando sus rutinas, sus horas de espera, sus intervenciones en la calle y, por supuesto, a las personas que le permitieron ir avanzando de un lugar a otro, de un destino al siguiente. 

"Mochila" es el nombre de su proyecto documental y, aunque todavía le queda mucho por filmar y mucho por recorrer, ahí va un anticipo de lo que este loco chileno es capaz de hacer. Grande Pablito!


miércoles, 9 de octubre de 2013

LA SORPRESA






Dedicado a mis padres, a los que quiero.



Viernes, 30 de Agosto de 2013

El avión aterriza en Cancún. Finalmente lo he conseguido, he llegado a México, vuelvo a estar aquí. Espero, paciente, junto a mi nueva guitarra, que mis maletas salgan de la interminable cinta transportadora. La gente va abandonando la sala y encaminándose hacia el control migratorio. Cuando ya sólo quedamos unas veinte personas aparece mi mochila, unos minutos después, la enorme maleta que carga todas las cosas que voy a necesitar para vivir en Quito.

Salgo del aeropuerto preocupado. Una maleta enorme, la hermosa Prudencio en su estuche rígido, la vieja mochila de viajar y una pequeña con toda la tecnología de que dispongo... Son demasiados trastos. He quedado en Puerto Morelos con unos desconocidos amigos de Lorena. Me van a hacer el paro y guardarme las cosas mientras estoy por México, pero tengo que llegar a su casa, lo que implica dos buses y un taxi. Me siento inquieto y todo el periplo se me antoja una odisea.

Salgo a la humedad caribeña y el calor se apodera de todo. Cuesta incluso tomar las primeras bocanadas de aire. Entonces, en forma de redondita muchacha sonriente, se presenta la solución a mi problema. Lleva un cartoncito en la mano que dice: "National Rent a Car". Después de negociar, consigo que me deje el más barato de sus coches en 350 varos. No ha salido mal el negocio, me digo.

Alterno mi concentración entre el verde paisaje y los muchos obstáculos que presenta la carretera: badenes enormes en mitad de la autovía, coches que se incorporan de su parada en el arcén, cambios de sentido absolutamente demenciales... Disfruto conduciendo en países ajenos. Hago un recuento y pienso que, hasta el momento, he conducido en tres países además del mío. Me siento un poco ridículo pero lo cierto es que me gusta ir coleccionándolos. 

Tomo el desvío a Puerto Morelos y recorro los escasos tres kilómetros que lo separan de la carretera principal. Doy unas cuantas vueltas para encontrar la casa. Mis únicas referencias son: cerca del Oxxo, al lado del Hotel Inglaterra, una casa marrón, si gritas Jorge te oirá. Como no la encuentro paro y entro en unos abarrotes a preguntar. La señora que se esconde tras un aparador excesivamente repleto me indica que es la casa de al lado. Grito y, efectivamente, Jorge me oye. Sale por la ventana del primer piso y me invita a pasar.

Jorge resulta ser un tipo encantador y de charla apasionante. Comparto con él varias horas de amena conversación. Música, viajes, la terreta, documentales, proyectos… Tengo la sensación de que estoy rememorando con él viejos tiempos que nunca vivimos juntos pero que nos conectan de algún modo. Durante la charla me entero de a qué dedican sus vidas. Resulta que él y Ester, su pareja -ambos valencianos-, llevan ya dos años recorriendo Centroamérica, buscándose la vida en el extranjero. Conocen, además, otros muchos países que visitaron en otros viajes. Finalmente se han terminado estableciendo en la Riviera Maya. Ella tiene un buen puesto en uno de los grandes hoteles de la zona, él se gana la vida como fotógrafo-realizador freelance.

Me invita a ver los cocodrilos que viven frente a su casa. Si, literalmente, en un terreno baldío y encharcado, cruzando la calle frente a su casa, un cartel reza: “Cuidado con los cocodrilos”. Al fondo, bajo la sobra, descansa inmóvil uno de ellos. Jorge me cuenta que hace pocos días que se comió al perro de un vecino. Al parecer, a los cocodrilos les gustan los perros.

Ya de vuelta en la casa, bajo el húmedo aire removido por un par de ventiladores y con una hospitalaria cerveza en la mano, Jorge y yo hablamos largo rato de proyectos audiovisuales mientras esperamos la llegada de Ester. Casi al final de la tarde, cuando ya me he decidido a partir para encontrarme con Lucía en Tulum, Jorge me dice:
-Mira, te voy a enseñar un vídeo en el que estoy currando ahora-. Lo veo con gran interés y despierta en mi muchísimas emociones. Es una pieza titulada "La Sorpresa".

Mientras conduzco al sur, ya entrada la noche, pienso en Jorge y en Ester, en todo el tiempo que llevan fuera de su tierra, de su hogar. De algún modo yo estoy iniciando un camino como el que ellos ya han recorrido. México es sólo el primer destino, después Ecuador, después... ¿quién sabe? Nada es seguro en esta puta vida, me digo mientras les recuerdo, sonriendo y esperando encontrar lo que busco en Ecuador. Me siento feliz de haberles conocido y de ver como la gente buena encuentra su sitio en el mundo, aunque sea, eso sí, tan lejos de su mundo.


Lunes, 7 de Octubre de 2013

Ya bien entrada la madrugada, mientras doy algunos retoques al próximo texto que publicaré en el blog, recibo el siguiente mensaje:
Somos unos locos soñadores que salieron de España hace ya casi dos años y medio, y que hoy, todavía vemos muy complicada su vuelta. Después de viajar por diferentes países de Centroamérica y de confirmar realidades, ahora vivimos en México, país al que le estamos muy agradecidos. Aquí es donde seguimos preparándonos como profesionales, donde estamos construyendo nueztro futuro, donde seguimos creciendo como personas, y desde donde seguimos luchando por el cambio.

Salir de España no significa huir, no significa abandonar a los compañeros. Para nosotros significa tomar perspectiva. Significa seguir caminando, no detenerse a lamentarse por la situación. Parar y conformarse... ¡NUNCA!

Por eso, adjunto a este mensaje, les enviamos un vídeo que narra un trocito de nuestra vida, que narra una de las consecuencias de las malas decisiones adoptadas en nuestro país. Son 5 minutos de vida que miles de personas sienten cada día.
"Sabemos que el cambio es posible, pero hay que luchar muy duro para lograrlo. Así que no nos vamos a detener, si nos cortan las alas las dejaremos crecer de nuevo y si no podemos luchar desde casa lo haremos desde lejos. Sólo esperamos que entre todos, con nuestra lucha les obliguemos a que un día nos dejen volver."
Muchas gracias y mil sonrisas.
P.D.: Si os ha gustado ayudadnos a compartir el vídeo!

Vuelvo a ver el vídeo un par de veces y, atendiendo a la petición de Jorge, lo comparto en varias redes sociales, viendo como se extiende bastante rápido. Sobre las 12 del mediodía, Internet se desconecta y me doy cuenta que no hay corriente en la casa. Salgo en busca de los plomos y, bajo la puerta, encuentro el papelito. Nos han cortado la electricidad por olvidarnos de pagar la factura. Vuelvo a la habitación y me paro a analizar el vídeo y en que modo me afecta a mi.

Pese a que yo no me marché porque nadie me echara sino por decisión propia –aunque nunca puede decir uno que decide por si mismo-, entiendo perfectamente el sentimiento de mis amigos. Recuerdo otras partidas y otras llegadas. Recuerdo emoción contenida, el rostro compungido de mi madre, los ojos vidriosos de mi padre bajo su rostro inexpresivo. Entonces pienso en un arroz al horno y un Trina en el pórtico de mis viejos. Dormir la siesta en el sofá. Comer de menú en el Pata Negra. Jugar un Texas en casa de mi hermano. Las viejas comidas familiares de cientoylamadre. A veces uno no valora a la familia como se merece. No se da uno cuenta de lo que significa poder dar un abrazo a sus seres. A veces uno es un imbécil y no aprovecha lo que tiene. A veces uno no demuestra cuánto quiere.


Miércoles, 9 de Octubre de 2013

Pagué la luz y han restablecido el servicio. Enciendo el ordenador y busco rápidamente a Generando Imagen, el Facebook de Jorge. Sospecho que mucha gente debe haber visto el vídeo y que les debe haber ido muy bien con él. Efectivamente: Trendding topic del día, 350.000 visitas en youtube, apariciones en Telecinco, ABC, Huffington Post... Han arrasado. Me alegro por ellos, se lo merecen.

jueves, 3 de octubre de 2013

DESPEDIDA



Echo la vista atrás y hago balance de buenos momentos, sonrisas, lineas rectas y punk rock

y malos recuerdos de ceniza en los ojos y hormigas en la boca

Y entonces, solo recuerdo...


Recuerdo a Kenny muriendo una y otra vez en un cine de Barcelona, entre talegos y ginebra

Recuerdo el miedo a los escorpiones sin pelo, y al miedo convertirse en risa floja

Y recuerdo a Barcelona, más bonita que hoy en día.


Recuerdo cerdos con panceta y pipa y gota, y empezar a amar a la de siempre

Recuerdo envidia de acordes desafinados, en los bajos, tras las escuelas

Y recuerdo motos, parque, cuarta y peta.



Recuerdo micropuntos en el Carmen y líneas que conducen a las calles más oscuras

Recuerdo a Rebeca y a Dolores y a María y a todas las que no siendo, fueron

Y recuerdo que una vez estuve al borde de la Paula.


Recuerdo galegos caminos, acompañado por los duendes de una noche, toda magia.

Recuerdo ver la vida a través del cristal, verla plana y república

Y recuerdo el encierro, el fío, un estante y mil colegas en tres fases.


Recuerdo despedidas de la calle y de los árboles y las arañas, entre lágrimas de piedra

Recuerdo la sed del desierto y del dedo, y el desvarío de Quilmes

Y recuerdo atún volando, catarata y pollo al horno.


Recuerdo, sin haber fregado un plato, escuchar hasta la muerte a un tal Stellar

Recuerdo, ilusionado y con cerveza, pintar ocre y azul sin camiseta

Y recuerdo al viejo Ricard, y lo quiero.


Recuerdo ganarle horas perdidas al tiempo de la gran estafa, con un viejo hermano locombiano

Recuerdo, casi veo, casi miro, recuerdos con formas informes, ameboides

Y recuerdo una plaza, y vuelvo, y la recuerdo.


Recuerdo tiendas de campaña y alhamas termales y terueles y doscientos-seises

Recuerdo ratas y moflas y cachetes y bragas de niña en culos perfectos

Y recuerdo la traición, jerezana y mexicana


Recuerdo el sexo salvaje y el otro, el de la Gran Calma con los niños de los ojos rojos

Recuerdo fotos y desnudos y pañuelos en las noches más granadas de pensiones

Y lo recuerdo. Siempre y una vez tras otra, lo recuerdo.


Y recuerdo porque es todo cuanto tengo.








miércoles, 2 de octubre de 2013

HANS


Febrero de 2013. Akumal. Quintana Roo.

Cierra los ojos y se pliega sobre sí mismo para que la corriente lo lleve unos metros hacia el sur, al arrecife. El agua está caliente y el silencio hueco del Caribe le hace sentirse en paz. Flota dejándose llevar, sin sacar la cabeza del agua ni respirar por el tubo, simplemente aguanta la respiración y flota. Pocos lugares en el mundo le hacen sentirse así.
Abre los ojos, suavemente, y se fija en el arrecife. Un enorme mero vagabundea entre los corales rojos. Hay cientos de pequeños peces correteando, nerviosos, frente a la cueva de una morena que espera, paciente, su cena. El no se fija en los detalles. Conoce bien ese lugar y no se deja llevar por el maravilloso espectáculo. Su objetivo es claro y los hipnóticos colores no deben distraerle. De pronto la ve, a unos 15 metros de profundidad, nadando majestuosa entre todos los demás. Sin prisas, tomando su tiempo, se prepara para sumergirse. Bucea tranquilo hacia el fondo, sin aspavientos que la puedan asustar. Cuando está a menos de tres metros se impulsa enérgicamente con las piernas, abre los brazos y la captura. La agarra con fuerza mientras recorre el camino hacia la superficie, el camino hacia la luz.
Sale a unos cuantos metros del bote de los científicos y nada hasta ellos. Con mucho cuidado saca la tortuga del agua y se la pasa a uno de ellos. Después, de nuevo al azul, de nuevo a la paz. No hay mejor lugar que las aguas del Caribe.



Marzo de 2013. Akumal. Quintana Roo.

Se acuerda de ella. ¿Por qué no la pudo amar? Se hace la misma pregunta una y otra vez. La nostalgia se hace muy intensa. Nadie lo ha querido tanto y nadie le ha enseñado tanto. La extraña pero sigue sin amarla.
Decide escribirle para saber como sigue, qué tal le va. El mail es escueto pero suficiente para que ella responda, entusiasta, en menos de tres horas. Amenaza con cruzar el charco e ir a México a verle.




Abril de 2013. Akumal. Quintana Roo.

A él no le interesa pero la güera le persigue. Cada vez que se cruzan le dedica una sonrisa y le saluda, enredando sus dedos en su rubia melena, coqueta. Es realmente hermosa, de piel blanca y ojos entre azules y verdes. Sus rasgos son los típicos californianos de las series de televisión, pero tiene algo diferente, un aura, un halo de misticismo y de equilibrio que le atrae de alguna manera.
Una tarde, después de salir del centro ecológico se le acerca y le invita a tomar una cerveza. Él, sorprendido, decide aceptar. A las pocas horas se están besando en el columpio de un parque.




Mayo de 2013. Akumal. Quintana Roo.

Se despierta por la luz. Ella duerme como un ángel a su lado y embellece la habitación y todo cuanto la rodea. Sale y se sienta en el patio, bajo un árbol de mangos, mientras saca la computadora de la funda. Es domingo pero, por costumbre, se ha levantado a las siete y cuarto de la mañana. Siempre le ha gustado la luz del alba.
Mientras va leyendo, su cara adquiere una expresión entre la sorpresa y el pánico. Ella viene a México a verle, ya tiene fecha para su vuelo. La güera sale entonces por la puerta de la casa, frotándose perezosa los ojos y buscándole entre la abundante vegetación del jardín. Cuando él la ve se da cuenta, de golpe y sin previo aviso, de que la ama locamente y de que podría dar su vida por ella. No sabe como ha ocurrido ni porqué pero así lo siente.
-Vuelve a la cama mijita, es muy temprano- le dice, dulce.
Una sensación de tristeza y agonía le recorre todo el cuerpo. Los recuerdos de aquellos años se amontonan en su cabeza, peleándose por salir, por regresar de nuevo.



Febrero de 2006. Barcelona. Catalunya.

Corre todo lo rápido que sus piernas le permiten. Nunca el Paseo de Gracia le ha parecido tan grande, tan largo, tan lleno de gente estúpida. Dos policías le persiguen, torpes, tratando de no perder sus cinturones, unos treinta metros por detrás. Una patrulla en coche trata de saltarse un semáforo para alcanzarle. 
Piensa que si consigue llegar a Plaza Catalunya estará salvado. Logrará camuflarse entre la gente y alcanzar las Ramblas. En el Born ya será absolutamente irreconocible.
Salta al asfalto para alcanzar Balmes. De pronto siente su cuerpo volar por los aires. Se estrella contra el suelo y rueda. El coche que viene por detrás también está a punto de atropellarlo, es una patrulla. Desorientado y cerrando los ojos, observa las luces relampagueantes perderse en la oscuridad.



Marzo de 2006. La Roca del Vallés. Catalunya.

Aunque la comida es mala, la celda no está tan mal. Tráfico de drogas, asociación ilícita y delincuencia organizada son cargos importantes y sólo le han caído cuatro de los siete años que le pedían. Además, el negocio en la cárcel también está bien. El hash se vende caro y los yonkis tienen que ponerse de algo.



Septiembre de 2006. La Roca del Vallés. Catalunya.

Sale en un furgón. Lo han pillado vendiendo y se acabó Quatre Camins, lo trasladan a Zuera, Aragón. Le acompañan otros dos. Uno de ellos tiene cara de no haber roto un plato en su vida y en su mirada perdida se adivina un poso de agónica desesperanza. Al otro parece no importarle nada, simplemente se esconde entre las rodillas tratando de dormir. El viaje es largo.



Diciembre de 2006. Soto del Real. Madrid.

Zuera fue corto y muy desagradable. Lo agarraron rápido con el trapicheo pero le dejaron quedarse. A las dos semanas se peleó en mitad del pasillo con otro recluso. Había un funcionario que le hacía la vida imposible y él empezaba a comprender como funciona la cárcel. Había ciertas cosas que era sencillo conseguir si sabías cómo. El traslado era una de ellas.



Junio de 2007. Soto del Real. Madrid.

Ella había ido. Lo había vuelo a hacer. Se había vuelto a levantar a las cuatro de la madrugada para pillar el primer bus hacia Madrid. El vis a vis era a las once y después tenía un largo camino de regreso a Barcelona.
Ella se lo había enseñado todo. Cuando salió de Ciudad de México apenas sabía leer y escribir y la vida de barrio era todo lo que conocía. Con ella descubrió el arte, el cine, la literatura. Siempre que a él le atormentaba algo, ella le daba un libro, una respuesta; y él leía con atención, como nunca antes había hecho. Hasta entonces los libros no eran para él más que somníferos de efectos potentísimos.
Además ella tenía algo que le encantaba. Sabía apropiarse de cada espacio, lo hacía suyo, de los dos, y eso a él le fascinaba. Con cada cambio de casa ella lo modificaba todo: una tela aquí, un dibujo en esta pared, una lámpara en ese rincón... Le daba su toque personal y conseguía iluminar el lugar, llenarlo de personalidad.
Pero, por sobretodo, ella le amaba locamente. Él no supo corresponderle, no pudo, no tuvo tiempo.



Marzo de 2008. Soto del Real. Madrid.

Había logrado cierto prestigio y poder dentro de la cárcel aprovechando su inteligencia, su habilidad y, sobretodo, su absoluto desprecio por lo poco que poseía. A alguien que no tiene nada, no se le puede quitar nada.
Ya era responsable de la cocina. Consiguió introducir muchos cambios y se sentía cómodo en la prisión. Cuando la carne estaba "verde" se negaba a cocinarla y exigía que la cambiaran. Los primeros y los segundos no se servían a la vez para que no se enfriaran y consiguió fiambreras para dividirlo todo y tener controladas las raciones. Así los últimos no se quedaban sin comer.
Cuando salía de la cocina tenía tiempo para leer. Iba a varios talleres y había encontrado algunos funcionarios que le caían bien, que intentaban ayudarle, o que al menos no estaban jodiéndole todo el día.
El negocio, además, seguía funcionando. Aunque el hash fuera malo y él se lo avisara a la gente, los yonkis seguían comprando. La vida no era tan mala en la cárcel, recordaba tiempos en los que había comido mucho peor fuera y había vivido en condiciones mucho peores.



Octubre de 2008. Soto del Real. Madrid.

Se ha acabado el taller, hora de volver al chabolo. "¡Registro!", escucha por la espalda. Se detiene. Un funcionario, buen amigo suyo, acompaña a otro con cara de pocos amigos. Se acercan y se paran frente a él. Le miran de arriba a abajo y el de la "cara de perro" repite contundente: "¡Registro!". Él sabe que está jodido y decide enfrentar la situación. Saca su cartera del bolsillo trasero del pantalón, les mira desafiante y les espeta un: "¡empezad por aquí!", mientras la lanza sobre un mueble a su lado.
El funcionario amigo le mira por un segundo y entiende su gesto. Para sorpresa de su compañero, sin mediar palabra, solo con un gesto, le invita a marcharse sin efectuar el registro. Él guarda su cartera rápidamente y entra en su celda. Respira aliviado y siente como el corazón late muy por encima de su ritmo usual. Cuando se ha tranquilizado un poco, saca de nuevo su cartera con cuidado. Abre la cremallera y extrae del bolsillo la navaja que utiliza para posturear el hash. La esconde bajo el colchón mientras reflexiona sobre la ampliación de condena que hubiera supuesto el registro. "No todos son iguales", se dice tumbándose en la cama.



Mayo de 2010. Barcelona. Catalunya.

Está tumbado en la cama, desnudo. Ella se ha ido a trabajar. La habitación luce hermosa. Una gran tela con un mandala pintado con batik cuelga del techo y la luz de la mañana entra tímida por la rendija de la ventana de madera, de algún modo le recuerda a Soto del Real en invierno. Pero esta es diferente, Barcelona siempre tuvo una luz especial para él.
Mientras prepara la maleta piensa en todas las cosas bonitas que ha vivido con ella. Nunca se aburrían. Jugaban a colarse en las fiestas como pudieran: saltando la valla, engañando al tipo de la puerta o imitando con un boli los cuños de entrada. Robaban cervezas en los supermercados, no tanto por dinero, más bien era la diversión, la adrenalina. Asistían a exposiciones, galerías e inauguraciones, bebían todo el vino que podía y, a veces, sólo cuando el artista era bueno, se quedaban largo rato a contemplar su obra. Eran tiempos bonitos.
Toma un pedazo de papel y un boli, piensa durante unos segundos antes de escribir. Lo deja sobre la cama recién hecha y se detiene bajo el dintel de la puerta a contemplar por última vez el piso de Gracia. En su rostro se dibuja una sonrisa melancólica, de satisfacción y lástima. Se cuelga la mochila al hombro y sale por la puerta. Sobre la cama, un escueto:

LO SIENTO, NO TE AMO.



Agosto de 2013. Akumal. Quintana Roo.

La visita de la catalana fue incómoda pero al menos le pudo explicar que, de verdad, no la amaba y que pensaba dedicarle su vida a la güera. Al final aquello había sido bueno en muchos sentidos. Él había aclarado por completo sus ideas y sus sentimientos, a la güera le había gustado que la eligiera a ella y la otra se fue de vuelta a Barcelona sabiendo que las cosas habían terminado definitivamente.
Todos aquellos meses, además, habían sido casi perfectos. Él no podía necesitar nada más que lo que ahora tenía: una casa preciosa con un enorme jardín, un cenote, y en plena selva; un trabajo perfecto, bajo el agua y bien pagado; y, sobretodo, una mujer hermosa a la que amaba con locura. Pensaba que, tal vez, había encontrado su lugar en la vida.
Pero ella no pensaba lo mismo. Había algo que no funcionaba, que no marchaba bien y después de una fuerte pelea amenazó con irse para no volver. Él no la creyó, pensó que sólo era una rabieta y que se resolvería en pocos días.




Agosto de 2013. Akumal. Quintana Roo.

Llevaba una semana solo y pensaba que ya estaba superando la partida de la güera. Adoraba su trabajo y bajo el mar todo se le hacía más sencillo. Los problemas no lo eran tanto bajo del agua. Una tarde, después de un largo día de trabajo -más de once horas bajo el agua y nueve grupos de turistas en el arrecife-, sacó la cabeza del agua y una terrible sensación de angustia se apoderó de él. Le costaba respirar y tuvieron que ayudarle a subir al bote.
Al llegar a casa se sentó en el sofá y pensó. Con los ojos cerrados y prácticamente inmóvil se dedicó a pensar durante más de tres horas. Cuando salió de su letargo, simplemente se levantó, metió dentro de la mochila algo de ropa, su máscara y su tubo, unas puntas de hawaiana para pescar y la carpa. Salió al pórtico de la casa y, justo bajo el quicio de la puerta, frente a los dos últimos escalones, se detuvo. Aquellos peldaños simbolizaban la frontera entre lo que pudo haber sido su vida ideal y el empezar de nuevo, el perseguir el amor. Bajarlos y seguir caminando era abandonar su vida en el paraíso y aventurarse a la vida sin garantía ninguna. La sensación le mareó por un segundo y la chancla se le resbaló, haciéndole caer, torpe, a la tierra roja del jardín.




Septiembre de 2013. Puerto Escondido. Oaxaca.

-¿Quieres un coco?- me dijo.
-No, gracias, estoy bien- respondí mientras abría la mochila.
-¿Seguro que no quieres un coco?- insistió.
-Tranquilo, estoy bien, de verdad.
-Bueno, yo voy a bajar uno para mi, te bajo uno por si cambias de opinión- dijo mientras se alejaba en busca de la escalera.
Antes de que hubiera podido empezar a sacar la carpa de la funda Hans regresó con un vaso lleno, un coco partido y una cucharita.
-Es cortesía de la casa, siempre que llega un nuevo huésped le ofrecemos un coquito, toma, come.- hablaba con una sonrisa generosa en el rostro, como feliz.
Le acepté el obsequio y me senté. El tipo se adentró en la cocina, satisfecho.



Septiembre de 2013. Puerto Escondido. Oaxaca.

Durante los tres o cuatro primeros días, Hans siempre me ofrecía cocos, tres o cuatro veces al día me preguntaba, siempre sonriente, simpático:
-¿Quieres un coquito?
Yo le aceptaba uno al día con la condición de que después de bajarlo se sentara a comerlo conmigo y a hablar un rato. Entablé una bonita relación con él. Me contaba sus historias y yo las mías mientras veíamos pasar las horas en La Punta, dejando que el sol cayera al mar.
Algunas veces venía la güera por el hostal y entonces él desaparecía con ella, fundidos en una hamaca o en el incómodo sofá de costales. Era un tipo genial, siempre con la sonrisa en los labios, educado y coherente. A veces me costaba creer las historias increíbles que contaba.
Había dejado de pagar el hostal porque se había quedado sin dinero. Memo, el dueño, se sentía de alguna manera como una figura de protección con él y habían acordado que trabajaría a cambio de techo. Hans cumplía con diligencia y rigurosidad sus tareas.




Septiembre de 2013. Puerto Escondido. Oaxaca.

Cuando llegué, la carpa de Hans estaba ya desarmada. Su mochila, casi llena, abierta sobre una silla, anunciaba su partida. Una vez más, se marchaba. Llevaba un par de días descentrado y eludiendo su trabajo. Memo ya le había advertido y por lo visto aquella mañana tuvieron una fuerte discusión. Hans era un cabezón y nunca en su vida había sido capaz de acatar las normas. 
Cuanto tuvo recogidos todos sus trastos nada más se los colgó a la espalda, me sonrió mientras se acercaba y dijo:
-¡Cuídate carnal!
-Tu también hermano- contesté mientras nos abrazábamos.
Se detuvo justo antes de cruzar la puerta, echó la vista atrás y saludó con la mano. Le seguí con la mirada triste hasta que dobló la esquina. Pensé que, con todo lo que ese tipo había vivido, esto era solo una piedra en el camino. 
Sonreí pensando en Hans.


martes, 1 de octubre de 2013

AGUA


-Viste Pedro, ¡dejó de llover!- dice Memo sonriente, como satisfecho de que su pronóstico, con un día de retraso, se haya cumplido. Han sido más de sesenta horas ininterrumpidas las que Manuel, creciendo o degradádose, entre huracán y tormenta tropical, ha estado regando buena parte del oeste de México.

En La Punta, la desidia ha conseguido apoderarse de buena parte de la tribu zapoteca. La palapa, habitualmente espaciosa, se ha encogido hasta límites claustrofóbicos. La gente pasea, desorientada, por el poco espacio pisable. La guitarra, o mejor, el repertorio, se agota. La mesa de ajedrez, ajada por el uso y por las horas, se siente exhausta y hasta el caballo está cansado del Nc7, su jugada maestra a dos bandas. Incluso en la cocina, la frenética y entusiasta actividad gastronómica ha cesado. Y las miradas se pierden en las olas, enormes como muros carcelarios. Afuera todo es agua. Salada y dulce, corriendo por el suelo, haciéndose espuma en la orilla, cayendo desde el cielo...

Todo es de agua.
La calle es de agua.
Mi tienda es de agua. 
Las verjas son de agua.
Las sombras son de agua. 
Los suspiros son de agua.
Las nubes son de agua. 
Las uñas son de agua.
El río seco, es de agua. 
Los árboles son de agua. 
El aire es de agua. 
Y yo... yo soy de agua. 

Y espero, y soy de agua. 
Y desespero, y sigo siendo de agua. 
Y el rayo de sol que ha de secarme no llega. 
Y todo es agua. 
Agua. Agua. Agua.











LLUVIA

Tumbado en la hamaca contemplo las nubes acercarse por el horizonte. Son las seis de la tarde y la temporada de huracanes no perdona. Charlo con Vero, tranquilos, dejando resbalar los minutos como lo harían por una suave pendiente. Con las primeras gotas el cielo se cierra y todo toma un color distinto. Cambia la luz y la humedad lo torna todo más intenso. Son unos pocos segundos hasta que el gris se adueña de todo y el paisaje se hace plomizo, pesado, de una belleza inhóspita.

Me descuelgo de la hamaca y recorro bajo la intensa lluvia los pocos metros que me separan de la orilla. Y allí me siento, solo, a contemplar el espectáculo. Delgados riachuelos de lluvia, como premonitorios caminos de agua, dibujan los contornos de mi cara mientras mis ojos tratan de adivinar el horizonte. El azul profundo se mezcla con la niebla, se diluye en una nube plateada. Y el Pacífico se muestra salvaje, incontenible. Escupe con rabia enormes olas a la arena, como tratando de arrebatarle el espacio, disputándole el terreno. La batalla es hermosa. Unas olas bailan con las otras, como una danza en la que los bailarines no se tocan, pero se juegan, se miden y se retan. Y solo alguna vez, en contadas ocasiones, algunas pueden encontrarse. Solo aquellas a las que la tierra obliga a retroceder, a regresar a lo profundo, se cruzan con las nuevas embestidas. Y entonces, sólo entonces, los bailarines se encuentran, se golpean y saltan en el aire, despedidos hacia el cielo. Y el aire, el agua y la tierra vuelan por un segundo, se hacen uno y desaparecen entre la espuma.

Así es la tormenta en La Punta, hermosa y salvaje, salvajemente hermosa.




lunes, 30 de septiembre de 2013

LA PERSECUCIÓN

Sales a la calle. El calor te golpea desde el primer segundo y la humedad te atrapa, te envuelve por completo. Echas a caminar hacia el oeste por la 65, camino al centro. La ciudad ha despertado antes que tu pero tampoco el ritmo es trepidante. Los viejos empleados de las tlapalerías de la calle se desperezan y te miran pasar, ociosos, combatiendo el calor bajo grandes ventiladores de techo que giran lentos, al ritmo de sus dueños. En contraste, el tráfico es abundante, ruidoso y desordenado. Camiones de mercancías tratan de adelantar a taxistas buscando una presa. En las aceras, algunos repartidores se apresuran a descargar sus camiones en las dulcerías que abarrotan las tres cuadras entre la 42 y la 48. El olor a chuchería lo inunda todo y parece como si el tiempo no les diera para terminar con el reparto. Pero, para regocijo de los dentistas de la ciudad, se afanan en el trabajo.


Las pequeñas casas de aspecto colonial lucen especialmente hermosas. La mezcla de vivos colores y manchas del tiempo y la humedad hace inevitable pensar en La Vieja Habana. Ninguna pasa de dos alturas y, en su mayoría, parece que se están derrumbando pero a través de las puertas abiertas se puede entrever la vida que se esconde tras la ruina. Incluso en aquellas que dejaron de habitarse, el verde se ha instalado para quedarse. De entre las rejas oxidadas y a través de los agujeros del tejado salen exuberantes ramas. En las paredes, casi colgando de la nada, crecen pequeños e intensos arbustos que contrastan con el gris que devoró el color que algún día iluminó la fachada. 


Camino tranquilo, alternando mi atención entre los hermosos edificios y la acera, que me exige concentración para esquivar los grandes agujeros y enormes charcos de la tromba que descargó la tarde anterior y que todavía no se ha secado.


La 65 está cada vez más animada y el tráfico se hace cada vez más intenso. Viejitas cargadas de bolsas se mueven por las aceras esquivando a jóvenes encamisados que están más preocupados por cortejar a su acompañante que por no obstaculizar la marcha de la ciudad. De pronto la acera se estrecha todavía más y el tráfico rodado crece hasta quedar parado. Pienso en torcer por la 52 al norte para esquivar el tumulto de los alrededores del mercado pero una señora mayor, contará más de 80, me adelanta con un leve golpe y se escabulle entre la multitud. Sin saber bien porqué, decido seguirla. Acelero el paso y busco su pelo blanco en el vaivén de lacias y oscuras cabezas que abarrotan la calle. La ubico a unos 15 metros adelante, esquivando con inusual habilidad al resto de viandantes. Aprieto el paso todavía más y agacho la cabeza para no golpearme con los toldos de los comercios que invaden la acera y ponen en peligro a todo aquel que mida más de metro setenta. 

Consigo seguir a la vieja un par de cuadras pero me va ganando terreno. Su corta estatura le da ventaja frente a mi pero el enorme bulto que lleva a la espalda debería frenarla. No es así. Sigue esquivando la muchedumbre con sorprendente habilidad. Empiezo a trotar, saltando a la calzada y esquivando el tráfico y a los que, como yo, deciden bajar de la calle para llegar antes a su destino.

Finalmente me detengo. En el cruce de la 58 la he perdido por completo. Se ha esfumado. 

Me quedo un rato mirando, abatido, contemplando los rostros de quienes pasan. Son todos muy morenos, de rasgos redondeados y abultadas mejillas. Tienen un aire sonriente, amable. Se mueven desordenados pese a los esfuerzos del guardia de tráfico que intenta organizar la circulación con poco éxito.

Cambio de rumbo. Tomo la 58 al norte y en menos de media cuadra encuentro un pasaje cubierto entre dos edificios de construcción reciente pero que conservan el aire colonial que caracteriza a la ciudad. Me percato entonces de que los edificios son muy altos y no se caen a pedazos y advierto que debo estar muy cerca del Zócalo, la plaza central. Camino por el pasaje entre grandes esculturas de hierro forjado y jóvenes parejas arrullándose en los escasos bancos. Salgo del pasaje y a mi derecha advierto los grandes árboles de la plaza. Cuando estoy a punto de ponerme en marcha, una mano se posa sobre mi hombro:

-¿De dónde nos visita?- escucho. Al voltearme, un hombre me mira sonriente. Es bajito y viste camisa roja con reflejos, muy tropical. Pantalones oscuros y zapatos de charol negro, impolutos. Le explico, con la boca pequeña y una sensación un tanto desagradable, que vengo de España.

-Es vasco, ¡seguro! Los vascos siempre llevan esos pelos extraños, muy corto por un lado-. Todavía sorprendido y manteniendo cierta distancia le explico que soy valenciano y que ese aspecto no es exclusivo del País Vasco.

-Acérquese -me dice–, ¡los yucatecos no somos bandidos!-. Charlo con él unos minutos, me indica donde puedo comer y me regala una tarjeta del restaurante en el que trabaja. Sigo mi marcha y entro en la gran plaza.

Los jardines centrales están extremadamente cuidados. Los setos tallados con profusión, el césped perfectamente cortado y sin una sola calva, las palmeras luciendo sus hojas espléndidas y los enormes árboles proporcionando sombra a los cientos de bancos que hay en la plaza, donde cientos de personas dejan pasar la mañana protegidos del calor. Me siento a fumar, miro y escucho conversaciones ajenas en un ejercicio de sano voyeurismo. En el banco de enfrente un hombre le habla con ternura a su esposa mientras su hija, ligeramente separada, espera paciente a que algo la incluya en la charla. A unos metros, un grupo de hombres entorno a los sesenta discute a voz en grito sobre petróleo, males endémicos mexicanos y maldades gringas. Uno de ellos grita con especial intensidad mientras bracea, expresivo, dejando volar su guayabera al viento. Un niño que no pasará de los diez años pasea de banco a banco ofreciendo chicles y cigarrillos sueltos cargando un pesado expositor de madera.

El calor aprieta y los pocos que caminan al sol lo hacen siempre en busca de un refugio sombreado. De pronto, entre la multitud, al otro lado de la plaza, descubro algo que me resulta familiar. Un recogido de cabello blanco se desliza entre la gente con agilidad felina, casi levitando. Me levanto y me encamino, veloz, hacia allá. Corro entre la gente, exponiéndome al sol justiciero, hasta que la veo detenerse. Aminoro la marcha y me acerco cauto hacia ella. Cuando estoy a escasos metros me fijo en el suelo. Hay una gran lona verde sobre la que la señora está extendiendo su género. Me mira, sonríe amistosamente y dice:

- Señor, lleve la hamaca señor, la auténtica hamaca yucateca.