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lunes, 21 de octubre de 2013

RESONANCIA



El Ochoymedio está especialmente animado. Una variopinta mezcla de personajes pululan por el bar. Algunos cenan algo o disfrutan de una cerveza, otros miran la programación mensual del cine, los más modernos sólo se sientan y muestran orgullosos sus peinados o sus últimos pantalones amarillo mostaza. En el espacio hay dos salas de cine y hoy se proyectan dos películas ecuatorianas: "Mono con Gallinas", un drama bélico sobre los límites humanos en las guerras; y el estreno del documental "Resonancia". Elijo la segunda sin tener mucha idea de qué voy a ver. Me dicen que, después del pase, hay una pequeña sorpresa.

A las 20:30 pasadas suena la campana que anuncia el momento de bajar a la sala. Bajo de los primeros y, como siempre, elijo cerca y centrado (la primera fila no está tan cerca de la pantalla y me permite evitar molestas cabezas en continuo vaivén). En pocos minutos las 20 personas que hemos asistido a la premiere estamos situadas y dispuestas. El programador de la sala presenta, orgulloso, la película. Mientras tanto yo me fijo en el escenario frente a mi, que me separa de la pantalla, en el que hay unos cuantos amplificadores. Todo se va a negro y los créditos dan inicio a la peli. 

Durante los siguientes 64 minutos me abstraigo del mundo. La madera resonando, armónica y noble; las herramientas dándole forma, tallándola y preparándola; la mirada atenta de Raúl Lara y su escondida sonrisa de satisfacción con cada nuevo paso terminado; el viejo taller en el que todo es madera, polvo y viruta. Durante 64 minutos observo con extrema atención el proceso de elaboración artesanal, pieza por pieza, traste por traste, de una guitarra de jazz manouche. Eso es todo. No hay nada más. Ni trampa ni cartón. Sólo se cuenta el proceso de creación de una guitarra. Siete meses para convertir unos pedazos de madera en un instrumento musical. Sin embargo, todo en la película es atractivo: los cortísimos planos de las manos del maestro Raúl Lara trabajando; la excelente alta definición; el amistoso y apasionado carácter del personaje; pero, sobretodo, el espectacular sonido del filme, registrado en el taller con mimo y cuidado artesanal: el resonar de la madera, la sierra cortando la chapa, el desbaste de la gubia, los dedos del artesano acariciándola, limpiándola de serrín y virutas. Te hace sentir tener cada pieza en tus propias manos. 

Al final, Raúl Lara sale de su casa. El trabajo está terminado. Pasea por el popular barrio de La Vicentina, orgulloso, con su sonrisa dulce, clandestina pero sincera. Sube hasta la mitad de una interminable escalera y mira las montañas que rodean el este de Quito. 

La película termina y nadie aplaude. Todo el mundo ha quedado como hipnotizado. Un valiente de las filas de atrás inicia un tímido aplauso. Algunos le siguen y se salva con bastante dignidad el homenaje al director de la película, Mateo Herrera, que sale justo cuando las palmas empiezan a apagarse. Tras él y sin mediar palabra aparecen otros tres tipos. Sólo el último tiene aspecto ecuatoriano, a los otros se les adivina europeos a la legua. Mateo los presenta -un francés, un italiano, un ecuatoriano y él mismo, también ecua-, indica que van a tocar unos temas y que de las cuatro guitarras en escena, dos fueron construidas por Raúl Lara. 

La música empieza, como no podía ser de otro modo, con "Minor Swing" de los dos incontestables maestros del género: Django Reinhardt y Stephan Grappelli. Los músicos se alternan para improvisar sobre la base swinguera. El mejor de ellos es el francés, al que además se ve disfrutar como a ningún otro. Mientras escucho y recordando recientes tiempos en los que el manouche entraba en mi vida con relativa frecuencia, me fijo en la guitarra que lleva el italiano. Es inconfundible, los últimos 64 minutos la hemos visto nacer y crecer. Ahora la vemos vivir. Siete meses de trabajo sonando, límpidos, profundos. Inexplicablemente, no puedo evitar sentirme parte de esa guitarra, de algún modo, ese Mateo me ha convencido. Me ha hecho ser parte de ella. Sonrío y la escucho.


"Resonancia" - Trailer

"Resonancia" - Material rodaje

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sábado, 19 de octubre de 2013

QUITO EN CUATRO PLANOS: DESDE LO ALTO

Subo a la terraza del edificio, que está sobre la ladera de La Floresta, dominando el centro-norte de la ciudad. El sol lo ilumina todo y parece que las nubes, por una vez, se toman un día de vacaciones. Enciendo un cigarro y observo el valle en toda su longitud. Grandes edificios de nueva construcción y acristaladas fachadas se mezclan con pequeñas casitas que salpican las laderas de las colinas. Viejos edificios de tiempos de la conquista conviven con terrenos baldíos y viejas glorias que no superaron el paso del tiempo y de la lluvia. El caos se puede prácticamente tocar.

A escasos metros, al noroeste, el skyline de la ciudad se muestra orgulloso y anuncia nuevos tiempos. Entre la veintena de grandes y modernos bloques, imagino que alineados sobre la 6 de Diciembre, destaca uno en particular. Es un edificio negro y cilíndrico, totalmente acristalado y coronado por otro gran cilindro rojo sobre el que se asienta una minúscula antena. Me recuerda a una barra de carmín dejada caer, ridícula, sobre la ciudad. No es el más grande ni el más moderno pero es, sin lugar a dudas, el más curioso. Pese a estar completamente rodeado se le siente solo, diferente, triste. Los ángulos rectos de todos los que le rodean parecen oprimirle y hacerle sentir único, desubicado, aciago. Frente a él, a unos pocos metros, un árbol le hace sombra y parece querer confirmarle su tristeza, su insignificancia de vidrio y acero. 

Cambio de lugar en el terrado y todo cambia. Hacia el sur la ciudad se extiende hasta donde la vista no puede alcanzar. Todo mengua, todo se hace pequeño. Miles de pequeñas casas se amontonan, desordenadas y viejas, sobre cada centímetro libre. Sus ventanitas se convierten en miles de ojos abiertos a Quito, al caos, a la urbe sin escuadra no cartabón, a la necesidad de techo cuando sea, donde sea y como sea. Y entre ellas, camufladas, surgen formas antiguas, detalles que rompen lineas rectas, que ni el tiempo ni el dinero consiguieron arrancar. A lo lejos, detrás del centro histórico se alza una gran iglesia, discreta y elegante y pétrea, entre moles de hormigón y colores degradados.




Sólo en algunos espacios, todavía libres de humanidad, seguramente por lo escarpado e inaccesible, pequeños grupos de verdes árboles y pasto andino sobreviven, reclamando lo que todavía es suyo.Y es que en el Quito de lo alto, cuando uno inclina la cabeza al cielo, hay algo que siempre domina, omnipresente, haciéndote sentir minúsculo, insignificante y absurdo: las montañas, los volcanes, la cordillera.

Porque siempre, y esto es Quito, siempre, las montañas le recuerdan a la gente que si están todavía aquí es solo porque ellas lo permiten.





jueves, 17 de octubre de 2013

NIEBLA SOBRE QUITO

Subo al terrado a fumar. La tarde cae sobre Quito mientras el tráfico de trabajadores que regresa al hogar corretea por las calles. Enciendo un cigarro mientras me apoyo sobre el muro y contemplo una imagen ya familiar. Algo llama mi atención, dejo caer el pitillo al suelo y corro a casa a buscar la cámara. Al volver, la densa niebla ha empezado a adueñarse de todo. Fumo y disparo cada cuatro o cinco segundos. Antes de terminar el cigarro todo se ha cubierto. Apago la colilla y recojo los bártulos. Quito vive a la altura de las nubes.